lunes 16 de noviembre de 2009

U2, tras un nuevo muro

Ocurrió en Berlín, en el marco de las celebraciones del vigésimo aniversario de la caída del Muro. La ocasión: un concierto del eterno grupo irlandés U2. El escenario: la puerta de Brandeburgo, símbolo de la ciudad y de la unificación. Diez mil entradas gratis subastadas por Internet en menos de tres horas. Un momento casi perfecto.

Casi, porque nadie se paró a pensar que para celebrar tan marcada ocasión no venía a cuento plantar un muro de dos metros para impedir el acceso a aquellos que no tuviesen entrada. Pero eso es lo que ha sucedido. Tanto U2 como los organizadores del concierto, la cadena de televisión musical MTV, no han comentado nada al respecto. Los berlineses que se han quedado fuera han expresado su malestar, al igual que algunos políticos locales, que aseguraban a la cadena británica BBC que les hubiese gustado que más gente hubiese disfrutado del espectáculo.

Concierto de U2 en BerlínAparte de la polémica, el grupo irlandés ha hecho vibrar a la ciudad al ofrecer un concierto único como preludio a la ceremonia de entrega de los Premios MTV Europe Music Awards, que tiene lugar esta noche en el auditorio 02 World Arena. En una actuación que ha durado apenas media hora, U2 se ha metido en el bolsillo a los 10.000 privilegiados que han podido ver -intramuros- a sus ídolos.


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viernes 13 de noviembre de 2009

El saxofonista Branford Marsalis llega al Maestranza

Branford Marsalis es uno de los mejores saxofonistas del jazz actual. El mayor y más creativo de los hermanos Marsalis ha mantenido su cuarteto intacto a través de los años. El ciclo Grandes Intérpretes comienza hoy, a las 20.30, con la actuación de Marsalis en el Teatro de la Maestranza de Sevilla.

El suyo es un jazz atemporal y denso que cala muy adentro. Branford Marsalis Quartet está formado por el saxofonista y por Joey Calderazzo (piano), Eric Revis (bajo) y Justin Faulkner (batería). Marsalis, ganador en varias ocasiones del Grammy, vive un momento de esplendor. En 1999, obtuvo tres premios Grammy por su trabajo de jazz inspirado por Ravel y Gershwin en el que colaboró con Herbie Hancock.

Branford MarsalisMarsalis nació en 1960 y es el mayor de sus cinco hermanos, entre ellos Wynton Marsalis, trompetista, compositor y arreglista. Branford Marsalis inició su carrera profesional al principio de los años ochenta tocando el saxofón barítono en la Art Blakey's Big Band, de Clark Terry, y el saxofón alto en la Blakey's Jazz Messengers. De 1982 a 1985, tocó el saxofón tenor y soprano con el grupo de su hermano Wynton y con la banda de apoyo de Sting. En 1986, formó su propio grupo con Kenny Kirkland (piano), Bob Hurst (bajo) y Jeff Watts (batería).

Durante los años noventa, colaboró con los Grateful Dead. En 2002, fundó el sello Marsalis Music, que, entre otros, edita álbumes de Doug Wamble y Harry Connick, Jr. En su disco Braggtown (2006) ofrece composiciones que beben de la música de Coltraine y de la locura del Free Jazz.

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jueves 12 de noviembre de 2009

Lady Dottie y The Diamonds saciarán tu hambre de rock

"Los días de hambre me hicieron más fuerte”. Es el grito de guerra de la señora Dorothy Mae Whitsett, más conocida como Lady Dottie, que se hace acompañar por el grupo The Diamonds. Y te aseguro que no es un grito de guerra cualquiera.

Nuestra ruta se detiene en Alabama, donde Lady Dottie creció marcada por una sociedad en la que el racismo era tan corriente como el aire sureño que llevaba cantos gospel a su corazón. La música se convirtió por tanto en un elemento de supervivencia, incluso más allá, era una razón para creer, y en los profundos sonidos negros encontró dignidad y fuerza. Mahalia Jackson, Aretha Franklin o Koko Taylor dieron poder a nuestra protagonista para buscar esperanza en la música.

Lady Dottie y The DiamondsLa dama negra, que ahora tiene 66 años, vivió superando penurias, pasando hambre, viéndoselas de todo tipo para tener dinero en los bolsillos pero grabando y cantando sin parar. Su curriculum es impresionante. Como corista ha colaborado con Rolling Stones, Muddy Waters, Buddy Holly, Ray Charles, Chuck Berry, Ike & Tina Turner, Otis Redding, Sam Cooke o AC/DC.

Y aún así, Lady Dottie no es más que una superviviente innata, aunque eso signifique mucho. Es una luchadora y en su explosiva mezcla de garage-soul con bendiciones gospel reside las victorias de sus batallas diarias y su fe ciega por Dios y el rock’n’roll. Un rock viciado de diferentes ritmos negros del blues, gospel, garage, soul. Su disco de debut junto con los chavales blancos de The Diamonds muestra esa amplitud de onda.

Lady Dottie y sus Diamonds están de gira por nuestro país desde ayer que pisaron tierras canarias y es un hecho que merece su espacio en esta carretera sonora norteamericana, que se acelera con temas tan incandescentes como el siguiente.



GIRA:

12 Nov – Barcelona, Rocksound
13 Nov – Madrid, Gruta 77
14 Nov – Vitoria, Helldorado
16 Nov – Valencia, Black Note
18 Nov – Santiago Compostela – Aniversario Discos Reixa – La Nasa
20 Nov – Gijón, Festival Cine
21 Nov – San Sebastián, Centro Cultural Altza w/Lord Bishop Rocks


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Música en el Muro de la memoria

A juzgar por los atuendos, el frío de hace 20 años y el de ayer en Berlín eran poco menos el mismo. Sólo que ayer, además, llovía: una lluvia finísima, de esas que se ensañan con los huesos hasta dejarlos estremecidos. Pero los berlineses parecen estar tan acostumbrados al mal tiempo como a las grandes citas con la historia. Por supuesto, ayer acudieron en masa a la puerta de Brandeburgo y los aledaños del Reichstag para no perderse la Fiesta de la Libertad, que así fue bautizada la conmemoración de la caída de un Muro vergonzante que resistió durante 28 años, dos meses y 27 días.

Un par de horas antes de que comenzara la fiesta, dar un paso en el lugar de autos era una hazaña prácticamente imposible, tanto como hacerse con una bebida o un bratwurst en alguno de los numerosos chiringuitos. La gente guardaba cola bajo el agua con esa paciencia tan ejemplar como desconocida en otras latitudes. Las sirenas de la policía aullaban sin cesar y los controles de bolsos y mochilas se repetían de tramo en tramo, pero la excepcionalidad no lograba alterar en ningún momento el sentido de orden general de la ceremonia.

Conciertos en el Muro de BerlínDaniel Barenboim compareció en el podio a las siete de la tarde clavadas. No podía ser nadie más. Por ser el director titular de la Staatskapelle de Berlín que actuaba ayer, pero no sólo por eso. Argentino de nacimiento, trasladado a Israel a los 10 años, director y pianista a la vez, probablemente nadie encarna más intensamente el diálogo intercultural: él interpretó por primera vez a Wagner en Israel, él dirigió en 2005 a la West-Eastern Divan Orchestra -el conjunto que fundó con Edward Said en 1999, integrado por músicos israelitas y de los países árabes-, en un lugar tan dramáticamente simbólico como Ramala.

Ayer Barenboim se sentía a sus anchas. La música tuvo un papel muy destacado hace 20 años: la imagen de Mstislav Rostropóvich a los pies del Muro interpretando la Suite número 2 de Bach, forma ya parte de la historia, como también es historia la Novena de Beethoven que Bernstein dirigió el 25 de diciembre de ese año en la zona oriental, retransmitida por la televisión y con audiencias que batieron récords históricos. Fue en ese concierto cuando la palabra freude (alegría) de la oda de Schiller fue substituida por freiheit (libertad). El propio Barenboim se hallaba en la ciudad aquel 9 de noviembre para dirigir a la Filarmónica. Pocos días después ofreció un concierto para ayudar económicamente a los berlineses del Este.

Naturalmente, director y músicos actuaban ayer a cubierto, bajo una carpa transparente que recordaba a la cercana cúpula del Reichstag. El espectáculo se abrió con el festivo preludio del tercer acto de Lohengrin de Wagner. Pero si el autor de la Tetralogía podía introducir connotaciones de un germanismo poco grato, pronto vino la pieza de Arnold Schönberg Un superviviente de Varsovia, para recitador -Klaus-Maria Brandauer, mefistofélico en su largo abrigo y una gruesa bufanda- y coro -el de la Staatsoper-. Escrita en el exilio americano, esta pieza, de ocho minutos de duración, le vino como anillo al dedo a Barenboim para recordar otro 9 noviembre, éste nada exultante: el de 1938, conocido como "la noche de los cristales rotos", cuando en Alemania y Austria se lanzó el pogromo contra los judíos que estuvo en los orígenes del Holocausto. La carga política de la actuación tal vez había asumido en ese punto una densidad excesiva. Por eso, hacía falta introducir la música de un alemán universal libre de toda sospecha: Beethoven. Barenboim y sus músicos atacaron con energía el allegro con brío de la Séptima sinfonía. El concierto debía concluir con una pieza especialmente encargada para la ocasión de Friedrich Goldmann, reconocido compositor de la Alemania oriental, fallecido en julio pasado, que ya anteriormente había afrontado compromisos similares (por ejemplo, en la Expo de Hannover de 2000). El título de la obra de Goldmann era programático: Es ist als habe einer die Fenster aufgestossen, esto es Es como si alguien hubiera abierto con fuerza las ventanas. A nadie podía escapársele la metáfora.

Fuera de programa estaba reservada una sorpresa: la actuación de Plácido Domingo, que estos días ha recalado en Berlín para cantar Simon Boccanegra. Iba a ser la guinda de la parte musical, y Barenboim y Plácido no la desperdiciaron: atacaron la popular marcha Berliner Luft (El aire berlinés) de la opereta Frau Luna, de Paul Lincke, por supuesto invitando al público a sumarse a la canción. Fin del concierto: eran las 19.30, ni un minuto más ni uno menos. Fin del concierto clásico, conviene aclarar, pero no de la música, pues ahí estaba también Bon Jovi para poner una nota pop al evento de la noche berlinesa.

Pasaban pocos minutos de las nueve de la noche cuando el inmenso dominó con piezas de 2,5 metros de altura decoradas con múltiples motivos empezaron a caer una tras otra, y de nuevo la metáfora de la reacción en cadena que causó aquel 9 de noviembre de 1989 se hizo evidente. Los fuegos artificiales que siguieron proyectaban sugestivas formas sobre la espesa niebla. Seguía lloviendo sin compasión. Entre la multitud, una voz española captada al vuelo: "También podía haberse caído el Muro en verano".

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miércoles 11 de noviembre de 2009

Steven Tyler deja Aerosmith

El cantante de la banda de rock Aerosmith, Steven Tyler, ha dejado la formación sin dar explicaciones, según ha asegurado el guitarrista Joe Perry en una entrevista publicada por el diario 'Las Vegas Sun'.

"Steven lo ha dejado, hasta donde yo sé", dijo Perry, quien confiesa que se enteró de la noticia a través de internet. "No sé por cuánto tiempo será, indefinido o lo que sea", aseguró el músico de Aerosmith, grupo que saltó a la fama en la década de los 70 y vivió sus momento de esplendor a finales del siglo pasado.

Tyler, de 61 años, habría dejado Aerosmith después de una última actuación en Abu Dhabi ante 50.000 espectadores, que puso fin a una gira mundial llena de sobresaltos. El cantante se cayó del escenario en agosto en un concierto en Sturgis, en Dakota del Sur, y se rompió un brazo, lo que obligó a suspender gran parte de las actuaciones siguientes.

El accidente añadió tensión a las tirantes relaciones de los miembros de Aerosmith con Tyler quien, según Perry, "no ha estado dando el cien por cien en esto durante mucho tiempo". "Obviamente él tenía esto -dejar el grupo- preparado desde hace mucho. Hasta el punto de ser desconsiderado con sus 'hermanos' que nos tuvimos que enterar de la noticia por internet. Aún me importa él como persona, al menos la persona que yo conocía, pero las cosas cambian", comentó el guitarrista.

Steven Tyler, AerosmithPerry insistió en que Tyler no contesta a las llamadas de sus compañeros, algo que ha sido una rutina en la relación de Aerosmith, dijo el músico, y con lo que han tenido que "aprender a vivir".

Desde que finalizaron la gira, el vocalista no se ha puesto en contacto con sus compañeros para confirmar o desmentir la información. "Ahora mismo me estoy haciendo a la idea de cómo vamos a continuar con el grupo. Probablemente encontremos a alguien que cante en esos lugares en los que necesitemos un cantante", comenta Perry.

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¿Es la guitarra en realidad un falo?

¿Es la guitarra en realidad un pene de madera? ¿Un falo de seis cuerdas para penetrar oídos y percutir mentes?

¿Vacían los rockeros sus vesículas seminales sobre los pabellones auditivos y los rostros de sus entregados fans? ¿Será el rock de verdad una falocracia?

Ahora veremos qué dice la ciencia al respecto, pero anticipo mi respuesta: sí, sí, sí.

Cuando Bruce pone esa cara de éxtasis en 'Born to run'... Sí. Cuando Metallica masturban sus instrumentos hasta destilar ese metal espeso y calentito... Sí. Cuando Madonna se cuelga una Epiphone Riviera en sus shows en el clásico tema (sólo vagamente) rockero... Sí, está diciendo: "Yo tb tengo pirula".

¿Lo digo en serio o en broma? Voy a seguir, así me entero yo también.

Falo. Del griego phallós. ¿Y qué suele suponer el falo, digamos, en el subtexto? Fertilidad y capacidad creativa. Poder. Sexo. Todos ellos elementos claramente inherentes al rock, frenesí dionisíaco mediante.

Quizás por pereza, siempre he pensado que las motos son diabólicos símbolos fálicos. Cuando paseo por la calle y veo esas farolas tan altas y puntiagudas... ¿Y esa obsesión humana por construir enormes edificios de 1.500 pisos con aspecto de miembro siempre enhiesto?



"Unas pajas guitarrísticas (ojo a 0'39'') y sexo explícito (1'10'')"

En lo explícito, está claro que las guitarras: a) dan placer (musical); b) engendran algo, digamos que sensaciones, y c) aportan poder: el que la toca puede darle la turra al que escucha, y no al revés.

Así las cosas, y viendo las caras de orgasmo de Hendrix y Clapton, ¿no sería más lógico preguntarse si los penes son en realidad guitarras de carne? Digo.

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martes 10 de noviembre de 2009

Los herederos de Sinatra

Jamie Cullum y Michael Bublé encabezan una nueva generación de intérpretes que reivindican el placer de la nostalgia. Su estilo, elegante y "retro", se ha convertido en una de las últimas bazas para sostener la industria musical.

Es inexacto decir que era un cantante de bodas, convenciones y cruceros. "En realidad sólo he cantado en una boda en mi vida". Con su cara de bebé gigante, el vocalista canadiense Michael Bublé no puede ocultar su golpe de suerte. A los 25 años estaba arruinado, a punto de regresar de Toronto a Vancouver para dejar de emular sobre escenarios de cuarta a Bobby Darin y empezar un curso de periodismo. Tras actuar en una fiesta de negocios, un simpático señor se acercó a felicitarle. Bublé le entregó la última copia que le quedaba del CD que se había autofinanciado. "Al menos podrá utilizarlo como posavasos", le dijo. El simpático señor resultó ser íntimo del ex primer ministro canadiense Brain Mulroney, que le llamó para cantar en las nupcias de su hija.

Meses después estaba sentado ante el presidente de Warner. "¿Por qué debo ficharle, si ya tengo los derechos de Sinatra?", me preguntó. A lo que respondí: ‘Porque Sinatra está muerto y hay un vacío en el mercado que podemos llenar”. Según estimaciones de la compañía, vendería en toda su carrera entre 15.000 y 20.000 discos. Hoy, con cuatro álbumes de estudio, ha despachado más de 22 millones de copias.

Michael_Buble, Los herederos de SinatraBublé, de 34 años, encabeza una nueva generación de crooners empeñada en actualizar el legado del Rat Pack (el grupo de cantantes que emergió en los años cincuenta encabezado por Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davies Jr.). Una tendencia al alza en un mercado musical saturado de estilos que está encontrando en la nostalgia una auténtica tabla de salvación. El jazz (con Diana Krall o Norah Jones), el revival soul (Amy Winehouse o Duffy) y el folk (Cat Power o Amy Macdonald) parecen pertenecer a las artistas femeninas. Pero el swing está en manos de chicos capaces de mantener el tipo ante una big band. Aunque Bublé considere que “cualquiera, hombre o mujer, que cante con sensualidad se puede considerar crooner”. Y sitúa la cuestión por encima de géneros y épocas. "Axl Rose [cantante de Guns N’ Roses] o Eddie Vedder [de Pearl Jam] podrían serlo. ¿Por qué no? La primera vez que escuché a Vedder, con esa voz baja maravillosa, pensé que era el nuevo Elvis".

En su cuarto álbum, Crazy love, continúa basando su repertorio en standards, reinterpretando clásicos del propio Sinatra, Dean Martin, Dinah Washington, Nat King Cole, Debbie Reynolds, Eagles o Brenda Lee. Y ha buscado lo que él llama "aire" en la grabación. "No quería registrar primero la batería, y luego otra pista y luego otra para que todo acabara comprimido en un archivo MP3 donde el aire desaparece. Quería esas tomas hechas en el estudio con micrófonos y toda la banda tocando a la vez. Mis discos favoritos son los de la Motown, en los que se apuesta por el sentimiento por encima de la toma redonda. Puede que este disco no suene perfecto, pero cuando lo escuchas parece que estás compartiendo habitación con los músicos".

Hoy queda muy bien reivindicar todo esto, pero cuando empezó nadie quería ni oír hablar de chavales entonando canciones de gente muerta. "Mi abuelo, un fontanero italiano, convenció a un tipo que tenía un bar de conciertos para que me dejara actuar por primera vez a cambio de arreglarle un grifo. Todavía conserva la cinta de aquella actuación. Dice que suena como una mierda". Aún hoy tiene que demostrar que lo que hace "no es para gente mayor y para amas de casa. He crecido escuchando a Michael Jackson, Guns N’ Roses y Beastie Boys. No sentado en casa mirando películas antiguas. Y una huella de eso está en mi trabajo".

Algo parecido le pasó a Jamie Cullum. En Hullavington, el pueblito inglés cercano a Bristol donde creció, molaba escuchar Nirvana, Soundgarden o Red Hot Chili Peppers. "Algo que compartía, desde luego", explica Cullum. "A partir de los 12 años me volví un freak total de la música. Un músico me descubría otro y un disco me llevaba a otro. Me enganché al hip hop: The Beatnuts, A Tribe Called Quest, Beastie Boys… Y me volvía loco buscando los discos que sampleaban. Así es como llegué a Herbie Hancock, Miles Davies o Thelonius Monk. La música negra era algo muy exótico y misterioso en un pueblo eminentemente blanco como aquel". Y se encerraba con el walkman en su habitación sumergido en los placeres culpables que le devolvieron al piano, un instrumento que había abandonado a los siete años por divergencias con su profesora. "Ella tocaba una melodía y yo se la repetí de oído. Y me decía: "No, no, tienes que aprender a leerla". No entendía por qué tenía que emplear dos días en hacer algo que me llevaba diez minutos".

Jamie Cullum ha pasado por Madrid para presentar su cuarto disco, The pursuit. Y una noche la ha dedicado a grabar con su iPhone una actuación de flamenco desde la terraza de su hotel. Está encantado, porque se lleva de vuelta a casa la discografía completa de Camarón por gentileza de su compañía española. Está obsesionado con una técnica que, asegura, jamás podrá alcanzar. El parón de dos años tras la gira de su anterior trabajo le ha permitido montar cerca de su casa en Londres su propio estudio Terrified (literalmente, "aterrorizado"), toda una declaración de intenciones. "Antes me sentaba al piano e iba tarareando cosas. Ahora he tenido que enfrentarme a todos los instrumentos a la vez. Ha sido un acojone muy satisfactorio", se ríe.

A Cullum, de 30 años, le costó decidir qué camino seguir. De adolescente compaginaba una banda de rock ("donde jugábamos a ser rockstars, pasarlo bien, ir a fiestas y ligar") con el jazz. "Esto último se convirtió en mi verdadero trabajo, porque me pagaban por ello. Tocaba en tugurios con tipos de 60 o 70 años que se quedaban fascinados conmigo. No por mi talla como músico, sino por mi diminuta figura. Tenía 18 años, pero aparentaba 12. Era una imagen un tanto depravada. Había noches que acababa tan borracho que tenía que dormir en el coche. Ellos me enseñaron a ser un profesional, desde qué vestir hasta cómo construir un repertorio".

A los 21 años, tras licenciarse en literatura inglesa, se instaló en Londres, siguiendo la estela de su hermano mayor, Ben, productor de música electrónica. Formó parte del grupo Taxi, participó como telonero en una gira de Paul Weller, y Liam Gallagher, de Oasis, les dejaba ensayar en su local. Pero no podía quitarse el jazz de la cabeza. Tres noches por semana actuaba en Pizza Express, una franquicia de comida rápida que albergaba en su sótano un club para actuaciones en vivo. "Con eso pagaba el alquiler y cenaba caliente", recuerda.

Su estilo vibrante llamó la atención de los ojeadores de las discográficas, valiéndole primero un contrato con un sello pequeño e inmediatamente otro de un millón de libras por tres discos para Universal. Si en un principio seguía los pasos de su admirado Harry Connick Jr., pronto reveló sus dotes como popstar. Ambas facetas se funden definitivamente en su más reciente trabajo. "En Inglaterra te meten en una cajita y ahí es donde tienes que pasar el resto de tu carrera. Yo sabía que no quería ser un intérprete de piano ni Robbie Williams, aunque, obviamente, estoy en algún lugar entre medias". Quien le haya visto ejecutar sus versiones de Radiohead o White Stipes maltratando a golpes su instrumento sabe de qué habla (esta vez ha grabado una sosegada interpretación de Don’t stop the music, de Rihanna). Corre el rumor, incluso, de que hay promotores a quienes les cuesta encontrar un piano de alquiler cuando dicen que es para Cullum. Se ríe. "¿Has visto el piano destrozado de la portada de este disco, verdad? Para mí es como un instrumento de rock and roll. Sólo puedo decir que si en el pasado he dañado alguno he pagado su reparación. Y que actualmente procuro viajar siempre con el mío propio".

Entre sus logros recientes están haber colaborado con Burt Bacharach o grabado para Clint Eastwood. Su hijo, Kyle Eastwood, es un músico de jazz que graba habitualmente en los estudios de Cullum. "En cierta ocasión, Kyle estaba escuchando mi música y su padre le preguntó: "¿Quién es ese tipo? Me encanta". Me pidió que escribiera algo para la banda sonora de La vida sin Grace. Yo estaba trabajando en una demo para James Blunt y me dijo: "La quiero". Después me invitó al festival de jazz de Monterrey, del que es director, y me pidió el tema principal de Gran Torino. Acabamos grabándola juntos en su casa de Bel Air (Hollywood). Su colección de discos hace palidecer a cualquiera".

¿Hay algo con lo que no se atreva? "Creo que el mayor ridículo de mi carrera estuve a punto de hacerlo en el Sónar 2008. Mi hermano es amigo de Darren Emerson [miembro del grupo techno Underworld] y me propusieron participar con ellos en un concierto en este macrofestival de Barcelona. Decidieron que querían que fuera todo improvisado. Nunca había hecho algo así. ¡Lo pasé fatal!".

Hoy, Cullum se ha convertido en una figura habitual en los tabloides británicos por su inminente boda con la modelo Sophie Dahl, nieta del escritor Roald Dahl. "Eso sí que es agotador. Pero el amor ayuda a superarlo todo. Es lo que he querido reflejar en este disco".

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